
Comunicación de masas
Dalí siempre defendió que el gran público entendía mejor el arte que los especialistas y, para conectar la población, no dudó en servirse de medios de comunicación de masas como el cine, la televisión o la publicidad.
De Dalí se ha dicho que era excéntrico, extravagante, provocador… Muchos han considerado que su comportamiento respondía a una simple estrategia para llamar la atención del público y de los medios de comunicación.
Leer másEn cambio, para él, todo era un juego para poner en duda cuanto le rodeaba. En una época en la que el mundo estaba experimentando grandes cambios, Dalí fue consciente de la trascendencia y la profundidad de esa transformación que se estaba produciendo en todos los ámbitos, y lo demostró desde muy joven con su singular manera de plasmar el mundo. Su genio alcanzaría su máximo esplendor primero en Nueva York y luego en Portlligat, durante los años de madurez.
Desde los años de infancia vividos en esta casa, Dalí ansiaba llamar la atención para sentirse único y a menudo hacía lo contrario de lo que se esperaba de él.
Ya en la edad adulta, llevó este impulso al extremo y fue desarrollando una perspectiva propia de lo que él entendía que eran la creatividad, la imaginación y la genialidad, hasta el punto de que se refería a sí mismo como el «divino Dalí». Todo ello lo recogió en su libro La vida secreta de Salvador Dalí (1942), donde mezcló realidad y ficción para construir su personaje público. Sin duda, Dalí consiguió que su popularidad trascendiera mucho más allá de los círculos artísticos, y cuanta más gente contemplaba su poliédrica imagen, más caras diferentes ofrecía el artista, cual entregado caleidoscopio.
Para Dalí, la provocación era una herramienta que servía para cuestionar todo cuanto le rodeaba: desde las estructuras fundamentales de la sociedad burguesa, como la familia, hasta el mundo del arte, e incluso él mismo.
Su manera de hacer las cosas, transgresora y polémica, le resultó muy útil a su propósito de construir el mito del genio surrealista, pero también tuvo consecuencias para su entorno más cercano.
A finales de los años treinta, Dalí comenzó a ser reconocido internacionalmente. Para ello fue fundamental su capacidad para captar la atención de la gente y generar controversia mediante las atrevidas acciones que protagonizaba, París fue la primera ciudad donde puso en práctica esta faceta pintoresca y procaz, y eso le abrió las puertas de la alta sociedad. Después llegaron Londres y, sobre todo, Nueva York: fue en esta última ciudad donde su faceta performativa alcanzó su punto álgido.
En 1948, Dalí regresó de Estados Unidos. España estaba sometida a la dictadura de Franco, que había ganado la Guerra Civil, y el ambiente y la mentalidad reinantes nada tenían que ver con los de Nueva York, Londres o París.
Instalado en Portlligat, lo primero que hizo el artista fue intentar convencer a las autoridades acerca de la evolución de su pensamiento y su concepción artística desde que se marchó durante la Guerra Civil. El acercamiento de Dalí hacia la religión y el misticismo a lo largo de la década de los años cuarenta fue fundamental para facilitar la convivencia con el régimen. Lo quiso demostrar con hechos grandilocuentes, como la visita al papa Pío XII, en 1949, y la conferencia de 1950 en el Ateneo de Barcelona titulada «Por qué fui sacrílego, por qué soy místico».
Aquella transformación despertó algunas suspicacias. Especialmente sonada fue la polémica con el periodista católico Manuel Brunet (amigo de Ana María Dalí, la hermana del pintor), que acusaba al artista de moverse por intereses espurios e incluso de plagio.
Lo cierto es que poco a poco Dalí fue recuperado la vertiente más performativa, sobre todo a partir de los años sesenta. El régimen franquista lo toleró, porque le servía para ofrecer una imagen más moderna, acorde con la Europa del momento, que había pasado página en relación con los totalitarismos y la Segunda Guerra Mundial. Buena prueba de ello es que el NODO le dedicó varios reportajes.
Según el periodista Josep Playà, durante aquella etapa y hasta 1976, Dalí organizó una treintena de happenings. La mayoría, en Portlligat y alrededores.